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Fan Fic : Una Nueva Orden (Basado D.Gray-man)

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Fan Fic : Una Nueva Orden (Basado D.Gray-man)

Mensaje por Evelÿnne el Febrero 11th 2012, 10:12 am

Bienvenidas a la Orden Oscura


-Mierda... - farfulló Irie al percibir a su espalda cómo Clayre volvía a caerse. No le dio tiempo a darse la vuelta e ir hacia ella a ayudarla. Aquel salvaje llegó antes y la golpeó con brusquedad. Tenía los cabellos azules llenos de sangre. Apretó los puños. Podría matarle de sólo un golpe y sin embargo nunca se había atrevido a hacerle nada.

-Lo... lo siento... - susurró Clayre al tiempo en que se ponía en pie, apoyándose en su hermana. Irie la miró, y al observar la ira apagada que sus ojos del color del vino, no supo hacer más que negar con la cabeza. De todas formas, no tenían a dónde ir. Aquel tipejo era lo único que podía asegurarles un plato de comida de vez en cuando, o un lugar donde dormir, aunque el precio fuese trabajar para él como mulas.

Irie se encontró con una pequeña y temblorosa Clayre cuando el cielo, plagado de nubes violáceas amenazaba con derramar sobre el mundo una feroz tormenta. Había huído de casa dejando todo atrás, incluído sus padres, cuando comprendió que estando allí, ellos nunca iban a estar a salvo.
Fue desde aquella noche en que encontró esa especie de vara plateada que refulgía con el color de mil esmeraldas. Su vida se torció de forma abrupta, y ni siquiera sabía por qué. Allá donde iba, llevando consigo su pequeño tesoro, ocurrían cosas inusuales, hasta que una vez, mientras daba de comer a los caballos en el granero, aquel extraño monstruo apareció frente a ella mostrándose por primera vez. Era un ser extraño y grotesco, aunque se movía como un humano de verdad. Arremetió contra ella pidiéndole algo que no tenía.
-¡Dame la Inocencia! -Gritó antes de lanzar una especie de rayo morado de uno de sus brazos, transformado en cañón.
Cerró los ojos pensando que había llegado su fin, cuando algo se interpuso en la trayectoria y desvió la explosión. La vara refulgía bajo su chaqueta, y había formado justo delante de ella una especie de pared luminosa que la protegía. Salió disparada de su escondite abruptamente e impactó con el cuerpo del extraño ser, que desapareció delante de sus narices, en una explosión que la hizo caer de espaldas.
No podía entender nada, mas cuando la vara vino hacia sí como si tuviese voluntad propia, supo que aquella cosa, fuera lo que fuese, quería aquella reliquia que ella había encontrado. Y la reliquia la había elegido a ella por alguna razón.
Así que desapareció sin más, dejando tras de sí un rastro de pisadas en la nieve como única despedida.
Tenía diez años.

Clayre por aquel entonces contaba sólo con ocho, y al verla supo que no iba a dejarla allí.
Su cráneo parecía estar deformado de nacimiento, haciendo que en la parte superior de la cabeza se adivinasen dos pequeños bultos de aspecto extraño.
Pasaron meses antes de que Irie oyese algo proveniente de los labios de la chica de cabellos azules, y fue cuando ambas contemplaban en silencio una puesta de Sol, dividiendo en partes iguales el último bollo de pan que les quedaba.
-Me... me llamo Clayre... -Musitó, mirándola de soslayo.
-Es un bello nombre. -Repuso la chica de cabellos morados, clavando su mirada en ella.
-Soy... ¿un monstruo? -preguntó en realidad más para sí misma que para su acompañante, pasando una mano temblorosa por los bultos, que habían seguido cambiando.
-No, no lo eres. -Sonrió con cierta sequedad y se sorprendió cuando la niña la abrazó con todas sus fuerzas, dejando escapar las lágrimas que había estado reprimiendo todo aquel tiempo por sus ojos azules.

No podía decirse que su suerte hubiese mejorado con el tiempo. Aunque bien era cierto que el vínculo que desde entonces se había ido haciendo más y más fuerte entre ellas, las había ayudado a ambas a superar muchas adversidades. Clayre ahora era una jovencita de dieciséis años con unos extraños cuernos que parecían cortados sobre la cabeza, que si bien se disimulaban con su espesa cabellera, no transmitían demasiada confianza a quienes se le acercaban.
-¿Podríais tener la bondad de andar más deprisa, joder? -el feriante seguía refunfuñando e Irie deseó con todas sus fuerzas que un rayo cayese en aquel preciso instante y le partiese en dos.
Odiaba aquella compañía cirquense, pero era el único sitio en que Clayre había encontrado un lugar donde trabajar sin destacar demasiado, y ella no iba a dejarla sola por nada del mundo.

Suspiró. La paciencia no era uno de sus fuertes, y aquel tipo había acabado con ella desde el primer momento. Aun así, se mantenía toda la serenidad que podía, hasta que nadie la mirase y pudiera patear a gusto cualquier cosa que se pusiera en su camino.
-Joder Irie, cambia esa cara que parece que esto sea el infierno... -La voz de Megume la sacó de sus pensamientos.
-Tsk... como si no se le pareciera lo suficiente... -Ceñuda, observaba a Clayre. Estaba enferma y aun así el muy animal no la dejaba montar en el carro en que iban los animales y la obligaba a ir a pie. Apretó la mandíbula, dejando escapar otro suspiro.
-No por mucho... ¡EXORCISTA! -Gritó una voz extraña a su espalda y se giró, molesta.
-¡Pero de qué coño habl... -Un cañón fue todo cuanto llegó a avistar frente a ella, en el lugar que antes ocupaba “la chica de los malabares”. -No... otra vez... no... -Titubeó dando un paso atrás.
Una explosión a sus espaldas la hizo caer de bruces, golpeándose contra una roca con fuerza.
-Clayre, ¡no! ¡Mierda! -Gritó al ver cómo otro extraño ser sujetaba a la peliazul, inconsciente, y la apuntaba a ella con una especie de ballesta.
-¡¡Muere!! -Oyó a sus espaldas y rezó porque volviese a pasar lo mismo que aquella noche... No pasó. Notaba la vara refulgir en su bolsillo, pero nada ocurrió. Nada salvo que el monstruo frente a ella estalló de repente, tras emitir un gemido lastimero.
Un hombre de cabello blanco y aspecto sabio lanzó contra el que sujetaba a la chica una especie de cadena acabada en filos que rodeó a la criatura, haciéndola explotar en mil pedazos.
-¡Clayre! -Gritó, corriendo hacia la explosión, pero el anciano se lo impidió, colocándole con total calma una mano en el hombro.
-Aquí viene.
La chica miró a ambos, confusa, y el hombre les dedicó a ambas una amplia sonrisa mientras comenzaba a caminar en dirección contraria, indicando que le siguieran.

Cuando ambas oyeron de los labios del anciano exorcista todo lo relativo a la Orden Oscura, las Inocencias y los akumas, no supieron si estaba bromeando o realmente hablaba en serio. La cuestión era que ellas dos poseían algo que las hacía aptas para seguir el mismo camino que recorría aquel hombre, y ello trataba de vincularse a aquella institución que se encargaba de destruir aquello que una vez las hizo tener que alejarse de lo que más amaban.
Partieron de inmediato con él como sus aprendices, y con el tiempo, comenzaron a controlar aquello que los akumas querían arrebatarles. “Inocencia”.

El tiempo pasó rápido, tanto, que apenas se acercaba el invierno su maestro les dijo que tenían que partir hacia la Central de la Orden, pues era hora de que ambas se convirtiesen oficialmente en exorcistas. Partieron a los pocos días, despidiéndose con un “nos veremos, pronto” que jamás llegaría a cumplirse.

El guardián de la puerta las examinó con demasiado detenimiento, lo cual causó, por una parte la curiosidad de Clayre, que se mantuvo sonriente en todo momento, y que la mueca de fastidio de Irie se ensanchase aún más cuando le tocó el turno.
-WAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡El chico maldito! ¡Otra vez! ¡Quitadlooo! -Chilló de pronto el guardíán, dejándolas totalmente desorientadas.
-Siempre igual... -A su espalda, un chico de unos dieciséis años miraba al guardián con cara de póker, y hacía aspavientos exagerados para indicar que le abriesen. -Etto... ¿os conozco? -preguntó dibujando una sonrisa amable al reparar en ellas.
-Oh... no creo, venimos para ser nombradas exorcistas oficialmente, nos envía nuestro maestro, el general Yeegar. -La chica observó confusa el semblante del chico de cabello blanco, que se ensombreció de repente. -¿Qué ocurre...?
Las lágrimas acudieron a los ojos del chico, que se abrazó de pronto a la joven, dejándola pasmada.
-El general... el general murió...
Si hubiese sido posible, el crash del corazón de Clayre se hubiera escuchado por todo el continente. Comenzó a sollozar sobre el hombro del exorcista, mientras que la puerta a sus espaldas comenzaba a abrirse lentamente.
-Me llamo... Allen Walker... -consiguió articular el chico mientras las conducía por el pasillo de la entrada, aún algo alterado.
-Okaidi Allen-kun -una joven apareció ante ellos con expresión jovial y abrazó tiernamente a un lloroso Allen, indicándoles que la siguieran. -Ustedes deben ser las nuevas exorcistas. Yo soy Lenalee Lee, la hermana del supervisor de lla Central, Komui, con quien os llevo ahora.
-Mi nombre es Clayre Eimi... y ella es Yumei Irie, mi... hermana. -Irie se sorprendió levemente ante aquel apelativo cariñoso y sonrió imperceptiblemente.
Era cierto, aquel vínculo que había entre ambas era probablemente igual de fuerte que si fuera uno de sangre, si no lo era más.

El desorden reinante en el despacho del subdirector hizo que Irie abriese los ojos como platos. Expresión que creció más si cabe cuando el hombre, antes tranquilamente recostado sobre la silla, se abalanzaba contra Lenalee y se aferraba a ella lloriqueando como un niño pequeño.
-¡Lenalee! -vociferó, sujetando una taza vacía con la mano derecha -¡esos inútiles no saben hacer café en condiciones!
La chica de cabellos verdes suspiró y cogió la taza de su hermano.
-Con permiso... -Salió de la habitación con andares de bailarina, y el mismo hombre que hacía diez segundos pataleaba por una taza de café, se erguía de golpe y las miraba con cierta seriedad.
-Tsk... -Irie chasqueó los dientes. Vaya tipo, pensó y fijó la vista en otro punto de la habitación, topándose con unos ojos fríos que escrutaban a ambas sin ningún tipo de disimulo. -¿Y tú qué coño miras así? -Farfulló clavándole una mirada asesina al joven de cabellos azules que estaba sentado en el diván.
-Mejor no te metas con Yuu... tiene un humor un poco... ¿especial? -Susurró a su espalda la voz de Allen.
-¿Qué murmuras, Moyashi? -Dijo el joven, levantándose y acercándose al chico de cabello blanco directamente, ignorando a ambas por completo. La tensión se palpaba en el aire.
-¡Mi nombre es Allen! -Vociferó lanzándole una mirada asesina.

Ambos siguieron discutiendo mientras el supervisor las ponía al corriente de los últimos acontecimientos y les explicaba lo que tendrían que hacer a continuación. Lenalee se encargó de separar a ambos chicos y se llevó a rastras a Allen fuera del despacho, mientras Yuu Kanda partía hacia una misión nueva.
La conversación se torció cuando Komui las miró a ambas con una sonrisa malévola, anunciando que era la hora de convertir sus Inocencias en armas antiakuma.
-Ni hablar, no vas a tocarla. -Negó enérgicamente Irie, sujetando la vara con fuerza.
-¡Pero tenemos que convertirlas en armas! -replicó el supervisor, volviendo a su actitud de berrinche de antes.
-Vamos Yumei... -susurró Clayre a su lado -hemos de hacer lo que nos dicen, si no, no podremos estar aquí.
Suspiró, agotada, odiaba que la llamasen así y ella lo sabía. Asintió.
Tras un proceso de lo más escandaloso y horrible, lo que antes era una simple vara se transformó en una especie de maza de mediano tamaño, que podía adquirir dos formas distintas al activarse, una de largo alcance, consistente en unas cadenas de variable tamaño con ambos extremos acabados en afiladas hojas aserradas, o una espada de gran tamaño para los ataques cuerpo a cuerpo. Desactivada adquiría la forma de un bastón pesado, con uno de los laterales formando medio Sol hueco en su centro, quedando sólo la forma que tendrían sus rayos.
Hevlaska decretó que su nivel de sincronización era del 98%.

La inocencia de Clayre, en cambio, resultó que no era de tipo equipamiento, por lo que su proceso, además de ser más delicado, era mucho más doloroso.
Cuando dejó de oír los gritos de la peliazul, Irie abrió la puerta y la observó. Los extraños bultos de su cabeza ahora más bien parecían formar parte de una diadema que se perdía bajo sus cabellos, y observó que en sus muñecas también habían dos pulseras muy anchas del mismo color y material. Era una Inocencia de tipo parásito y consistía en que podía golpear cuatro veces más fuerte que como lo haría una bola metálica de dos toneladas, gracias a la amplificación de las ondas de ruido que producían sus cuernos.
-¿Sabes que eres un tipo de lo más bestia? -dijo Irie, abrazando a Clayre, que aún temblaba.
Al principio, la chica de ojos azules se negó en rotundo a que aquel ser la tocase, pero tras ver que nada le sucedía a Irie, simplemente cerró los ojos y se dejó guiar por ella.
-Vaya... te acercas al punto crítico...-Susurró la exorcista, soltándola en la plataforma y aunque notó la mirada confusa de Komui a su espalda, prefirió no preguntar lo que aquello significada.

Ambas se vieron arrastradas por Lenalee al comedor en cuanto se hallaron libres, haciendo caso omiso a las quejas proferidas por la chica de ojos carmesíes, que se negaba a ir a ninguna otra parte que no fuese su habitación.
El cartel de bienvenida las sorprendió a ambas por igual y ver que todos estaban allí en cierto modo las hizo sentir parte de aquel mundo en que acababan de introducirse hacía apenas un día.
Ahora pertenecían a la Orden Oscura y participarían en la derrota de los akumas, seres creados por el dolor para crear más dolor en el mundo.
Su familia había crecido.
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