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Las tristezas más hermosas.

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Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 6th 2011, 7:07 am

Prefacio.

Álzate otra vez, como si el cáncer en las entrañas de tu mente no existiera, y valiera la pena vivir. Sánate, anda, que las heridas son superficiales. El dolor físico es una mentira en comparación con lo que verás a continuación, así que no flanquees todavía, que el camino es extenso. Las imágenes que verás distancian de la realidad, Oz, pero no lo recordarás después de ésta charla. Te confundirás; un sueño del que no podrás despertar hasta estar listo y seguro.

Así que, mi estimado, veamos qué pasa...

Estás ahora en el reino onírico, Oz. El mundo de las ilusiones. Te aconsejo moverte con cuidado: aquí todo es capaz de lo peor.

No corras. Simplemente camina, como siempre. No tan encorvado, por favor... báh, como quieras, no me hagas caso. Luego te lamentarás.

Te sigo contando. A tu izquierda está la encarnación de los malditos. Un asqueroso ser que, lamentablemente, vive. Condenado a existir sin descanso, atosigado por la triste realidad, sobrevive a base de nada. Los poetas escribieron su muerte hace tiempo, y él sigue ahí; más débil que antes, pero éso es proporcional a su racha de supervivencia. Cuanto más decadente, más difícil será librarse de él. Los de aquí lo consideran una maldición. La antítesis de la creación; acarreador eterno de pecados y apoteosis de la agonía. Te diré algo, Oz, porque me caes bien: te está mirando feo—pese a no tener rostro propio—, con ganas de apoderarse de tu mente y consumirla. Te llevará a la autodestrucción, lo sé. Mejor enderézate. Pon un pie adelante del otro con esa gracia que caracteriza a tus pasos mas no usas. Vamos, sé que puedes. Hazlo.

Hmm. ¿No lo harás? Veamos cuánto tiempo te dura la idea... Anda. Muévete como otrora hacías.

No me tomes por estúpido. Puedo leer tu mente. ¿Quieres que aquel diablo te mate? Já, estás equivocado. Los hilos que lo trasladan son míos. Tiritero de todo ser me llaman, menos de tí. Por eso me planteo examinarte... Así que no creas que aquí te daré el anhelado sueño. Tú y tu pequeña mascota de hipocresía, solo perecerán ante él si yo lo decido. Lo único que lograrás así es incrementar su ira; de tal modo, tu muerte será más dolorosa, si decido dártela.

Afloja. Vamos. Déjame ver ese bonito andar. Esos pasos tan equilibrados. Sé un maldito esclavo por una vez más en tu puta vida, y hazme los gustos. Rebájate, zángano. Puedo extender tu vida hasta el cansancio si quiero, y ahí verás lo que es verdadero dolor. No morirás jamás; solo verás cómo crecen tus arrugas y se va el color de tu piel. Finalmente, ésta se caerá, pero tú continuarás allí, vivo. Un esqueleto. Una aberración. Nada muy distante de tu yo interno, pero sí más tenebroso para ti. Lo sé, así como sé cuántas veces canta el gallo antes del amanecer y cuántas veces lloran por tu ausencia los ángeles de Edén. Desde tu exilio lo hacen sin tregua. Maricones.

Un consejo: no mires nunca hacia atrás. La tierra del nunca jamás es infinita, y quien ladea el rostro en ella queda hipnotizado. Inspirado por la derrota, vaga eternamente por alli. Avanzando sin cesar, aunque sangren los dedos y el sudor ahogue los pulmones.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 6th 2011, 7:07 am

¿Que qué soy? Buena pregunta.

Verás, soy el vacío mismo. Todo el espacio que queda suelto, sin llenar, oscuro y olvidado en la inmensidad. Tengo nombre, pero jamás podrías pronunciarlo. Pocos tienen esa capacidad; y créeme: no están felices por eso. Ninguna dicha, mi amigo. Conocerme es una pesadilla. Menos para ti. Eres especial. Tú y otros más que, quizá, encuentres esta preciosa noche en esta distópica realidad.

¿He dicho noche? Pero qué malo que soy para las sorpresas. Mira hacia arriba, por favor. Que lo hagas, he dicho. Tórnate hacia el firmamento o la gravedad, que es mi prostituta, arrastrará tu cabeza hacia el punto que quiero que veas.

Bien, tú lo has pedido.

¿Sientes el dolor? Es espléndido. No solo te afecta afuera, sino que dentro de tu cabeza, donde tu cerebro, las células están suplicándome clemencia. No la tendrás. Me has desobedecido. ¡A mí! Já, ni creas que te dejaré ser el mismo Oz de siempre en este mundo. Mis condominios son mi lugar de juego, así que haremos eso, jugar. Creo que sabes a que.

¿No? Me decepcionas, Oz. Te tenía algo de fe.

Sin embargo, no te conviertes en un caso perdido... no, no aún; te veo gran potencial.

Pero volvamos a la bóveda celestial un segundo, ahora que capta la atención de tus ojos.

Escrútala, pequeño. Cielos de escarcha y fuego, con nubes creadas por los alquimistas de otras eras y estrellas fugaces que cumplirán tus deseos a cambio de tu alma. Es irónico para mí. Los ignorantes llaman al paraíso cielo y lo relacionan con las alturas. Aquí les di cielos furiosos, llenos de rabia y repletos de sabuesos asesinos. Caos puro. Un reino digno de ser gobernado por un ser exánime como tú, ¿no crees?

—No.

Hablaremos de eso después. Creo que te falta madurar aún más si quieres atrapar la esencia de este mundo. Ya entenderás que es perfecto.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 6th 2011, 7:09 am

En fin, aquí tienes la primera prueba. Mira fijamente el naciente bosque. Ah, sí, ese fresco e inconfundible hedor a carne de carnero en al aire. Los lobos ahullando, victoriosos y locos de rabia. Cómo los amo; mis cachorritos de las sombras: seres irracionales completamente libres de hacer lo que quieran. Su reino: el entero bosque. Qué buena vida.

¿No crees que vendría bien un poco de música?

Vale, lo dejaremos para después. Deberías intentar divertirte un poco más, Oz. Acabarás como un idiota incapaz de hacer feliz a nadie. Celoso, bobo, infeliz, aburrido y seguramente solo, porque apenas encuentren escusa para dejarte lo harán, ¿sabes? Dicen que te aman pero pueden olvidarte rápido. Total, la vida es solo eso. Cosas efímeras. Sufrimiento. Mierda en general.

Sabía que lo entederías. Já. ¿Ya conocías ese sufrimiento, no? Sí, es penetrante. Asedia tu mente poco a poco, dejándote aún más paranoico y miedoso. Te roba todo anhelo de continuar. Y, después de todo, nunca te creíste capar de continuar, ¿no? Sabías que a esto se llegaría. Un final. Lo sabías. Vales nada, idiota. Nada.

Pero tampoco lagrimees, maricón. Te queda vida por delante; suficiente para sufrir el silencio que preferirías callar y llenar con algo más. Por cierto, debo pedirte perdón por algo. Te dije que me eras interesante y no, no lo eres. Ni para mí, el bipolar que se enamora de todo.

Eres insignificante, Oz. Compréndelo. Hasta el suelo en el que te arrodillaz a llorar se ríe de ti. Míralo. Sus carcajadas tan sonoras y espeluznantes. Es lo que te mereces. Muere.


Última edición por Oz Sarugaki el Enero 11th 2011, 10:00 am, editado 1 vez

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 6th 2011, 7:09 am

Agonías traídas desde el purgatorio para saciar tus quejas, princesita.

Y una interrogante deambuló por los pasillos de mi mente; yo, cuestionándola, no logré llegar a encontrar la respuesta. ¿Estaba borracho, de resaca, o en un popurrí? Ni idea.

E igual, ya no importaba. Las llamas consumirían todo. Una breve sinfonía de caos desatado pronto tocaría a puerta y sería atendida, con lujos y brazos abiertos, por el alma de cada uno de los perdidos. Suspiré, ansiando ver ese momento. Mi escritorio en llamas, mi pastillero—vacío— en el suelo y una botella rodando hasta dar con mi pie. Sonreí. Los fantasmas retornaron. Espectros del más allá, de tierras oníricas o realidades distópicas que, de algún modo u otro, encontraban diversión en mí. Yo. Un objeto más del destino. Un hijo del titiritero que todo dirige; pero uno con las cuerdas cortadas... desvanecidas. Uno libre.

Bendita sea la llama que arde tras nuestras espaldas, otorgada a nosotros por su santísima excelencia y su trinidad rococó—bendita sea— y sus mil ángeles que, entre otras plagas, nos darán la salvación. Bendita sea. Bendita. Por abarcar todo a su paso, convertirlo en cenizas y devolverlo al viento, donde ya las partículas—pese a que continúan existiendo— ya significan nada. Y así se van los años de trabajo, la nostalgia de domingos por la tarde al ver ese despacho y las telarañas engarzadas a cada esquina, mueble o libro. Un verdadero sepelio; nada de sacerdotes viejos y podridos, con el semen atascado en el cerebro después de tanta falacia de castidad, ni muertos enterrados a dos metros bajo tierra, donde decimos que los queremos para recordarlos. ¿Recordarlos? ¿Dejarlos ahí abajo para recordarlos?

No, señores. Los metemos ahí para que las barreras físicas nos hagan imposible verlos, y nos dejen por encima de ellos. Pisando la tierra en la que duermen eternamente, como si superiores fuéramos. Toda una hipocresía que, obviamente, es traída de la mano de la fantástica iglesia (sin mayúscula, por favor). En resumen: basura. Tradiciones de mierda que dividen, corrompen y autodestruyen a la de por sí atosigada sociedad.

No me crean un revolucionario. Distancio de la insurrección por falta de ideales y sobranza de críticas. Fácil es desde mi puesto mandar a todos al carajo (la cúspide del mástil del barco) y ser otro de los perdidos hipócritas que asolan, oscilando entre la desesperanza y el miedo—ambos camuflados—, esta realidad efímera e inservible.

El dolor del impacto fue insignificante. Ardía mi espalda, mi mente escuchaba voces que recordaba mas no reconocía y, en medio de esa ebriedad, estaba lo único que me faltaba. El delirio con el que me atormentaba y me hacía funcionar, pese a mis errores, mis faltas y mis estupideces cometidas. Ella, la distante, a la que veo nunca y amo desde donde esté. La misma a la que no puedo probar nada, a la que pido me mate para borrar parte de la involución humana. Ella, mi vida, el impulso para mis frustrados intentos de poesía, de prosa y canción.

Luego todo volvió a la realidad. El mundo. Problemas. Idioteces que llevaron al malestar de otros. Ideas que en su momento sonaron dignas de realizar—como el comunismo, por ejemplo— pero se volvieron lo que en verdad eran una vez el éxtasis pasó. Eran más intentos de acaparar atención, de pedir auxilio divino o terrenal a quien sea; imágenes de subir, imágenes de llegar para llenar algún lugar vacío...

Por un momento, creí que necesitaría un abogado para explicar todo aquello. O varios, para salir impune.

¿Impune? Tras haberlo pensado, me reí más, pero de mí mismo. Intentaba escapar de las responsabilidades, sumiéndome en la corrupción. En mi mente sentía un pueblo dormido, uno que imaginaba jugar otro juego; un mundo mejor, pero que no sea otro; sino este, pero convertido.

Utopías para sobrevivir, pensé, levantándome. Un brazo extendido me rescató y un aura protegió de las llamas. Comenzamos a huir del pasado, de ese fuego que consumía todo y era maquinación mía y de nadie más. Mi responsabilidad. Mi culpa. Mi escape de todo ello.

Suspiré.

—¿Encuentras sentido a algo de esto?

Ni pregunta retórica, ni interrogación curiosa ni nada. Algo que debía ser dicho entre homólogos. Incluso allí, cuando a uno sobraban ganas de escapar y a otro aires de filósofo de cuentos baratos.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 11th 2011, 10:01 am

—Sí. Le encuentro sentido a todo. Es simple, sencillo, nada antihigiénico; hasta podría caerle bien esta filosofía a un pontífice. O tal vez solo divago.

Como siempre, como nunca, como si nada, Oz hablaba sin pensar. Sin detenerse, sin saber qué sería lo próximo que diría. Era un maldito sofista buscándole pros y contras a la cosa de tal manera que, o las dejaba verse bien o las dejaba verse mal. Y daba igual. Todo daba igual.

Era ese silencio engarzado a las llamas lo que le preocupaba. La ausencia de voces; presencia de rostros y de ninguna mirada. Perderse. Eso le daba miedo. Y eso estaba haciendo.

—El sentido es este —pronunció, inventando resoluciones mientras arrastraba las palabras—: Somos un virus con capacidad de razonar; ¿y qué es lo más razonable? Aspirar a la perfección. Ser la mejor peste que jamás se haya visto. Y como estamos en la cima desde hace años, solo involucionamos e involucionamos para superar nuestro propio récord.

Suspiró.

—Eso, o estoy loco y digo pavadas. Lo que sea. Espero que el apocalipsis no se atrase como en el dos mil y en el seis del seis del seis; este dos mil doce es la fecha buena. Y si no, pues ya nos autodestruiremos nosotros, haciendo honor a nuestra idiotez colectiva.

Miró bajo su gabardina. Mierda, sí que hacía calor. Sudaba. Forzando su visión, logró descubrir cuál era el problema. Lágrimas, sudor que escapaba desde su frente y nublaba la cuenca de sus ojos. E incluso, en medio de esa apoteosis de atosigamientos, lo frágil de la locura quiso quitarle el juicio. O parte de él, lo que le quedaba.

Se imaginó dándose un golpe en la cabeza, por retardado. Mas antes de hacerlo, dio media vuelta y contempló la gabardina que había dejado en los suelos, mugrienta y hedienta por la ceniza, el humo y las llamas. Entre aquí y allá, encontró lo que buscaba. Un pedazo de palabras escritas en un papel, como él decía, aunque en realidad era un libro en toda regla. Sin títulos, portada, índice, capítulos nombrados o nada. Toda esa información estaba en su mente. Ahí bastaba.

—Las tristezas más hermosas —dijo, escrutando su obra de tapa gorda—. Me gusta el título, no sé por qué.

Los pasillos los llevaban directamente a los laboratorios, a donde tomaría —o quizá ya estaba tomando— lugar el evento. El paso de Sarugaki era normal, tirando a lerdo. Causa: desánimo.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 11th 2011, 10:01 am

Primero, último y único capítulo: Instrucciones para no estar condenado al éxito (Sermones que nadie va a oír).


Los zapatos me estaban matando. Tirándolos, decidí recorrer el último tramo de la cueva descalzo. El pedregullo a mis pies, torturándolos. La luz al final del túnel, una ironía de mal gusto. Suspiré. La húmeda brisa traía la pesada carga del otoño. El verano marchado, dejado detrás. Flores que marchitaban, pétalos que caían sin cesar. Vidas efímeras de algunos que no pudieron sobrevivir siquiera al comienzo de aquella amarga temporada. Una especie de incomodante silencio hacia la salida, donde las piedras cesaban y el sendero de hierbas silvestres comenzaba.

Nubes sobre mí. El obvio presagio de lluvia devastadora, de la que cubre los campos hasta ahogar a sus habitantes, extingue las llamas de pasión y no hace más que golpear una y otra vez contra el suelo, acumulándose, para luego mezclarse con la mugre circundante y perder su transparente pureza para pasar a formar más imágenes tétricas.

No miré hacia atrás. Me daba miedo; demasiado. Sueños que traicionaba, promesas que rompía, gente que abandonaba y felicidades que yo mismo había moldeado hasta convertir en distopías. Al final, lo demostraba con total claridad y en sobra de ejemplos: era otro del montón. Un idiota más. Pero peor que los otros, quizá. Una pesadilla que no merecía siquiera a la soledad como compañía, un imbécil que vivió en cuentos de hadas hasta despertar y mirar fijo a los ojos a la amarga realidad que tanto conocía pero tanto ignoraba. Tanta mierda de dónde revolver. Tantas formas de calumniarme hasta desear solo el desamparo eterno dentro de algún vacío de desmesurada extensión.

Las aves lejos, marchándose. Migraban, o regresaban. Ya ni lo recordaba. Esa inocencia mía quedaba atrás. Solo permanecía una ansiedad de rendición. Caer dormido y despertar nunca jamás. Pagar por cada pecado, por cada intento fallido de hacer bien las cosas y por cada defecto del que me aproveché para dar lástima y pedir auxilio divino a los agraciados de mente saludable.

Ninguna nota de despedida. El despacho había ardido en llamas, llevándose todo hasta el olvido. Y siquiera importaba; era basura, mi basura. Palabras sin significados escritas con punzante fuerza sobre frágiles papeles, a veces remplazándose por finas líneas de lápiz borroneadas una y otra vez. Recordé los escritos; la buena caligrafía brillaba por su ausencia.

Solté mi abrigo en medio del camino. En aquel momento no supe por qué realmente hacía aquello. Quería sentir el frío sobre mi pecho, filtrándose por mi fina y blanca camisa. Ese helado y hermoso sentimiento que, en realidad, no era más que dolor puro. Un castigo merecido. Uno de tantos.

Por otro lado, sopesando llegué a la conclusión de que mi subconsciente estaba engañándome, y en realidad dejaba la prenda atrás para que siguieran mi rastro. No supe si sonreír o no. No quise pensar; solo distraerme: volar lejos, escapar, huir de los problemas y las responsabilidades, apartarme de aquellos a quienes iba a guiar hacia el fracaso.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 15th 2011, 6:40 am

Capítulo dos: Negocios de miserables.

Apenas entrar, quedó amordazado por manos invisibles. La presión, lo pulcro y la nostalgia se mezclaban entre las partículas que acarreaba el aire a diestra y siniestra. Su respirar se vio afectado, como era de esperarse. Comenzó a sentir una especie de temblor; un síntoma de la ansiedad. Y ciertamente, era todo un acontecimiento. Uno doble. En primer lugar: la operación; en segundo: él, Oz, abandonando su seriedad absoluta, la exquisitez de su frialdad y el taciturno sentimiento que le caracterizaba. Medicina. No era ni un erudito en el campo ni un ignorante. Soportaba el hedor de los cadáveres, la tétrica imagen de sangre dispersándose por los pastos, en las llanuras de la guerra y los hígados cociéndose a fuego lento para su posterior consumo.

Pero ese ambiente no lo soportaba. Le dejaba nervioso, fuera de sí. Parpadeaba seguido, daba pasos más lentos de los usuales—se tomaba el trabajo de mirar los suelos, planteándose no resbalarse ni apoyar mal la planta de los pies— y temía que se filtrara algo por su cuello hasta impedirle la respiración y otorgarle la agonía.

Llegaron. Las palabras le devolvieron la razón. Aparentar fortaleza y falta de temores era lo que un líder debía hacer frente a sus seguidores. Alzó la vista, simulando un falso orgullo. Se sintió como un idiota, sí, como uno muy grande e hipócrita. Suspiró, agachando los hombros, arrepentido. Algo más distraído estaba ya, al menos.

—Sí —afirmó sin quitar los ojos de la camilla donde la operación tomaba lugar—.

Gruñó la bestia en el interior, lamentándose. Un gruñido cansino, de quien pide que no se le atosigue y permita dormir. Acción que Oz realizó de inmediato, olvidando aquellas escenas de madera destrozada, cadáveres sobrevolando los cielos y metales colisionando contra las rocas de la caverna, pidiendo no más que un sepelio. Una tumba para un rey exánime sin más herederos que los perdidos del Sonido.

Se acercó al vidrio, su reflejo devolviéndole la mirada. Apoyó una de sus manos sobre aquella forma cristalina.

—Buen trabajo—reiteró; y no era de los que decían las cosas más de una vez—. Gracias.

Tenía deudas de vida, salud y bienestar. Ni en cuotas creía poder llegar a pagarlas todas


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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Invitado el Enero 15th 2011, 6:40 am

Sangre derramada, de aquí a allá. Al fin y al cabo, siempre era la propia o la de los antagonistas de sus relatos. Reaccionar brusco, tosco, susceptible—o como quieran decirlo— ante la nueva experiencia era obvio. Un río de caudal creciente desembocaba sobre la metálica mesa de operaciones. La idea del metal, obviamente, trajo consigo algunas consecuencias. Planteamientos estúpidos, ensimismarse, abstraerse y alejarse; mas nunca lo suficiente. Intentándolo con ansias rebeldes no lograba hacerlo; volví siempre a ver a través del cristal con las pupilas peculiarmente dilatadas y ese mal sabor de estómago.

La suma del detestable ambiente de hospital, el líquido sanguíneo, las pericias que precedieron a ese acontecimiento y varias imágenes distorsionadas y negativas de situaciones jamás vividas pero recordadas mataban su razón. Quería escapar, pero todo daba vueltas. Trepaba las paredes, por así decirlo, aunque no se movía. Apenas podía decirse que respiraba.

Su mano tembló, rompiendo la tensión. Un escalofrío recorrió su espalda. Débil, refugió en sus bolsillos su diestra hasta alcanzar su dosis de fármacos correspondientes. Ansiolíticos, para ser más específicos. Clonagin. La calma asegurada; un paraíso artificial, pero un paraíso al fin. Nadie podía culparlo por querer soñar despierto, como siempre, pero en algo bonito en el sueño.

Sopesó el pastillero en su mano. Le aborreció la idea. No, no iba a caer. No otra vez. Su droga, su única adicción y delirio tenían un simple nombre: Haruka.

Ese sentimiento de calidez invadió su pecho. Posteriormente, dedico únicamente una sonrisa para ella. Era para distraer la mente. No iba a recurrir a más drogas.

A su lado una pequeña mesa de madera marrón oscuro. Pequeña y vacía; más larga que ancha.

Ahí fue a parar el Clonagin de Oz.

—Estoy dejando vicios. No se puedo ser loco, amante, alcohólico, drogadicto, escritor y filósofo frustrado a la vez. Deshecho los más aburridos. Drogas primero.

¿Por qué hablaba tanto? Ni él lo entendía. Podía ser una reacción causada por la reciente conmoción, algún tipo de bipolaridad o un mal clima. Con Oz todo valía. Y nada importaba al fin de cuentas.

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Re: Las tristezas más hermosas.

Mensaje por Nariel Sinner el Marzo 16th 2011, 6:49 pm

admito caballero que me ha encantado
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Re: Las tristezas más hermosas.

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